El duelo es como llamamos al proceso de adaptación emocional ante una pérdida. Cualquier pérdida.

Puede ser desde una mascota, una prenda de ropa favorita, un coche que yo no arranca más con el que he vivido 15 años de mi vida, un PEN DRIVE con todo mi trabajo del último año, archivos digitales que no sé dónde se fueron, un trabajo que se me olvidó guardar en Word antes de que se me apagara el ordenador, una pareja, una etapa de mi vida, otro PEN DRIVE, la forma física, la visión, la juventud, un feto que no llegó a nacer, un juguete de la infancia, las llaves de casa y…otro PEN DRIVE, una amistad, una forma de vida, unos compañeros de piso que ya no lo serán más, la soltería, la no-mater/paternidad (y estas ya no las recuperas, igual que el maldito PEN DRIVE) y, por supuesto, un ser querido.

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Para cada uno de estos momentos, pasamos un duelo que, evidentemente, será mayor cuanto más importante sea PARA MI (dato importante, no para el otro) la pérdida. Cuanto más apegados estemos a eso que perdimos, más signifique para nosotros, más estabilidad interna nos proporcione lo que perdimos, más intenso será este proceso. O debería serlo. No siempre nos dejamos pasar el duelo. Cuando perdemos, tenemos que estar MAL. ¿Cómo mal? Desesperados, furiosos, tristes, muy tristes, para después poder estar EN PAZ.
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Piensa en las veces que has creído perder el móvil. No estabas tranquilo/a y relajado/a (por lo menos las primeras 100 veces no, luego aprendes a relajarte). Te pones nervioso/a, lo buscas por todos lados, te enfadas contigo mismo/a por perderlo, empiezas a pensar en todo lo que has perdido con él, comienzas a imaginar tu vida sin él u que tendrás que hacer para “sobrevivir”. Hay veces que lo encuentras, pero otras no. Perdido para siempre. Entonces aceptas que se fue. Esto son las fases o momentos por lo que se pasa en los duelos.

Las fases del duelo

Cuando estamos en duelo, es decir, hemos perdido algo, pasamos por una serie de fases hasta poder resolver y aceptar esa pérdida:

  • Shock: son los primeros momentos nada más conocer la pérdida. Puede durar minutos u horas. El cuerpo y la mente se quedan bloqueados, no somos capaces de reaccionar ni racional ni emocionalmente. Es el momento que se toma el cuerpo y la mente para asimilar esa información y está bien que se lo tomen. Este momento no es el adecuado para tomar decisiones ni es bueno que nadie las tome por ti.
  • Negación: una vez salimos del shock el cuerpo puede prepararse para procesar la información. Sin embargo, no siempre estamos listos para ello. El cerebro intentará protegernos de una información que no podremos sostener por lo que podemos obviar toda la información o parte de ella. En el caso de un fallecimiento, una parte de nosotros puede necesitar no creerlo (“no es verdad” “no es posible que pase esto”).
  • Ira: hacia el mundo, hacia los demás, hacia quien consideremos responsable incluso hacia la persona fallecida, por irse. Esa ira, aunque puede ser irracional, es SANA. La ira nos moviliza, al contrario que la negación. Nos energetiza para continuar el proceso. También puede ser hacia mi mismo en forma de agresividad o culpa.
  • Negociación: empezamos a creernos lo que acaba de ocurrir y comienza un momento en el que intentamos pactar con el mundo cómo podremos recuperar lo perdido. Fantaseamos con situaciones que no son reales. Nos preguntamos cómo hubiera sido si… Podemos saber que esto es irracional, pero nos ayuda a superar la pérdida.
  • Tristeza: todas las fases anteriores nos preparan para esta, en la que volvemos al momento presente con sensación de vacío. Consideramos ya que la pérdida es irreversible lo que nos sumerge en una gran tristeza.
  • Aceptación: supone haber llorado la pérdida y haber aprendido a vivir con el dolor de estar en un mundo sin aquello que perdimos.